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Entrevista:

Revista Suyai TV

Una conversación con un artista o figura cultural donde buscamos profundizar en aspectos de su obra, vida y/o proceso creativo.

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Revista Suyai TV

Una conversación con un artista o figura cultural donde buscamos profundizar en aspectos de su obra, vida y/o proceso creativo.

Gabriela Carmona: memorias del territorio, imágenes para un tiempo en transformación

Una entrevista de: Suyai TV. 06/06/2026

Gabriela Carmona es una de las artistas visuales chilenas más relevantes de su generación. Su trabajo se ha desarrollado a partir de una investigación constante sobre la relación entre territorio, memoria, paisaje, extractivismo y cultura visual, construyendo una obra que dialoga con procesos sociales, históricos y ecológicos desde una mirada crítica y poética.

A través de instalaciones, vídeo, fotografía, dibujo y proyectos de investigación artística, Carmona ha abordado las transformaciones del paisaje chileno, las tensiones entre naturaleza y desarrollo económico, así como las huellas materiales y simbólicas que estos procesos dejan en las comunidades. Su trabajo ha sido exhibido en importantes espacios nacionales e internacionales, consolidando una trayectoria donde arte, archivo y reflexión territorial convergen de manera singular.

Recientemente, proyectos como Cuando el sonido del mar se detuvo han profundizado en la relación entre memoria ambiental y experiencia colectiva, abriendo nuevas preguntas sobre nuestra forma de habitar el presente.

A lo largo de tu trayectoria has investigado las relaciones entre paisaje, memoria y transformación territorial. ¿Qué te llevó inicialmente a comprender el territorio no sólo como escenario de observación, sino como un archivo vivo capaz de contener historias sociales, políticas y afectivas?

Creo que esa manera de comprender el territorio tiene mucho que ver con mi infancia y con la cercanía —aunque intermitente— que tuve con el paisaje, especialmente con el mar. Desde mis primeras obras, la naturaleza ha estado presente de distintos modos, aunque muchas veces como un contrapunto, porque mis investigaciones suelen partir de algo más íntimo: mi propio cuerpo, la experiencia personal, la memoria encarnada.

Con el tiempo, el paisaje comenzó a aparecer con más fuerza, sobre todo en mi escritura. Allí aparecen constantemente metáforas que vinculan recuerdos y las emociones con aquello que está fuera de nosotros, con esa naturaleza que nos contiene. 

Hace poco volví a ver la película Vincent van Gogh: At Eternity's Gate, de Julian Schnabel, y recordé una escena en la que Van Gogh, frente a la inmensidad del paisaje, dice que para él el horizonte representa la eternidad. Esa idea me resulta muy cercana, quizás porque para mi, el mirar el horizonte marino y sentir que las pulsasiones se pausan en ese infinito, tiene que ver con buscar o comprender el misterio del devenir entre el ciclo de la vida y la muerte. 

Pero en Chile el mar también posee una profunda carga simbólica. Nos remite inevitablemente a la violencia de la dictadura, a los cuerpos de detenidos desaparecidos arrojados a sus aguas, muchos de los cuales aún no han sido encontrados. Para sus familias, la imposibilidad de recuperar esos cuerpos ha significado también la imposibilidad de cerrar y hacer el duelo.

En ese sentido, el mar deja de ser únicamente un paisaje para convertirse en un archivo silencioso de la violencia. Esa inmensa masa de agua guarda historias que no puede revelar; es al mismo tiempo belleza y ausencia, memoria y ocultamiento. El agua puede dar vida, pero también puede esconder, borrar y hacer desaparecer. Quizá por eso el territorio nunca ha sido para mí un simple escenario de observación, sino un espacio donde se inscriben capas de memoria, de afectos y de historia que siguen actuando sobre nuestro presente.

En obras como Cuando el sonido del mar se detuvo, el paisaje aparece atravesado por procesos de cambio ambiental, ausencia y fragilidad. ¿Cómo abordas la construcción visual de fenómenos que muchas veces son invisibles o difíciles de representar desde la imagen tradicional?

Mis investigaciones suelen partir de una idea, un recuerdo, o una experiencia que generalmente desarrollo primero por medio de la escritura, como una forma de acceder a mi inconsciente y de encontrar relaciones que no siempre son evidentes. Desde ese proceso surge lo que entiendo como poesía visual, donde las palabras no buscan ilustrar una idea, sino abrir múltiples capas de significado, y donde comienzan a parecer posibilidades formales y de visualidad de la obra. 

En el caso de Cuando el sonido del mar se detuvo, el paisaje marino aparece como un territorio simbólico que reúne distintas dimensiones. Por un lado, remite a la experiencia íntima de la contemplación, al silencio, al tiempo suspendido y a la fragilidad de la vida. Pero al mismo tiempo es un paisaje atravesado por la memoria histórica, por la violencia y por la desaparición.

En mi infancia viví por periodos cerca del mar, cada vez que lo contemplaba sentía su inmensidad oscura y me preguntaba dónde terminaba, y siempre, hasta hoy, sentía miedo y asombro. Miraba el mar y su extensión me parecía infinita, imaginaba y me deleitaba de su permanencia como testigo del ciclo de la vida, de nuestra fragilidad, de nuestra inevitable muerte, de la incertidumbre de lo desconocido. Y siempre me preguntaba cómo definir esta extensión de agua que me parecía como suspendida en la tristeza de la tierra. Hace algunos años, imaginé algunas respuestas, decidí creer que el mar era un consuelo para calmar nuestras almas, frente al inconmensurable sufrimiento del que somos parte como sociedad, como humanidad. En el dolor de la muerte, de la pérdida y la desaparición de un ser querido. 

 

El año 2020 comencé una investigación que inició desde una reflexión de la activista por los DD. HH Ana González, donde ella expresa el dolor inimaginable de la pérdida y desaparición forzada de sus seres queridos. Partiendo del dolor de Ana, relaciono con mi propia experiencia biográfica, y el dolor de la pérdida, para comenzar la investigación que culmina en esta obra. 

 

Así logro establecer una relación simbiótica entre mi cuerpo, el manto de sangre y el paisaje del agua. Por medio de la performance en donde arrastro y sumerjo el manto en el mar, voy recreando a modo de gesto expiatorio, relacionando gestos, palabras y corporalidad, percepciones de ese recuerdo íntimo, e incognoscible en torno a la muerte. En la performance del mismo título “Cuando el sonido del mar se detuvo” (2024), como un acto silencioso estoy frente al mar, para entregarle una ofrenda, una gran manto con los lamentos de muchas voces además de la mía, para accionar entrelazado con mi cuerpo el rito dentro del agua. 

 

El poema declamado en el video, sugiere una búsqueda por comprender situaciones inaccesibles e incognoscibles a nuestra consciencia, que residen en las sombras, a las que busco acceder por medio de la creación de este rito a través de mi corporalidad e intuición, buscando a través de la poética de la misma performance, una comunicación con el cielo, un canal donde mi cuerpo es un mediador. 

Tu práctica artística incorpora investigación de campo, archivos, entrevistas y observación directa de comunidades y ecosistemas. ¿Cómo se articulan estos procesos de investigación con las decisiones formales de la obra y qué lugar ocupa la experiencia personal dentro de ese recorrido?

Mis experiencias personales, mis recuerdos y mi biografía son fundamentales en el proceso de creación. Muchas veces la obra comienza a partir de una imagen, o una pregunta íntima que necesita ser comprendida. Sin embargo, en otros proyectos el punto de partida ha sido un testimonio ajeno, un acontecimiento colectivo o una problemática social. Ambas formas de aproximación dialogan constantemente en mi trabajo: parto desde lo íntimo, pero esa experiencia se expande hacia lo colectivo, buscando resonancias compartidas.

En ese recorrido, la investigación y mi experiencia personal ocupa un lugar esencial. Al mismo tiempo el trabajo con archivos, entrevistas, observación de comunidades y de los territorios me permite complejizar la idea inicial y abrir nuevas preguntas. No busco ilustrar, sino dejar que ese proceso transforme la obra y también mi manera de comprender aquello que estoy abordando.

A lo largo de los años,  se podría decir que mis investigaciones han girado principalmente en torno a dos temas. Por un lado, el duelo, el dolor de la pérdida y las distintas formas de comprender la desaparición de un ser querido. Por otro, las problemáticas de género y las distintas violencias ejercidas sobre los cuerpos de las mujeres. Son temas que atraviesan tanto mi experiencia personal como la memoria colectiva, y es precisamente en ese cruce donde encuentro un espacio que siento puedo profundizar en mis propuestas. 

Las decisiones formales surgen de ese mismo proceso. Cada proyecto va encontrando su propio lenguaje y sus propias materialidades. He trabajado con dibujo, textil, video, instalación y performance, porque cada medio me permite abordar aspectos distintos de una misma investigación.

La performance, en particular, me ha permitido encarnar en mi propio cuerpo experiencias relacionadas con el dolor, la memoria y mi biografía familiar. Especialmente los planteamientos de las performances nacen desde resignificar experiencias personales, al volver a habitarlas a través del cuerpo, mediante acciones y rituales performáticos, no busco revivir el dolor, sino transformarlo. 

Ese proceso ha significado también comprender que muchas de esas experiencias, aunque nacen de mi historia personal, dialogan con dolores que son compartidos por otras personas. En ese sentido, la performance se convierte en un espacio donde lo íntimo puede abrirse hacia lo colectivo, haciendo posible una experiencia de reparación y sanación. 

La poesía también ocupa un lugar importante en ese proceso; muchas veces acompaña las acciones performáticas o incluso las antecede, convirtiéndose en un espacio donde las ideas aparecen antes de materializarse visualmente.

En un contexto marcado por crisis ecológicas, extractivismo y profundas transformaciones del territorio latinoamericano, ¿qué papel puede desempeñar el arte contemporáneo en la construcción de nuevas formas de conciencia y relación con el entorno?

Creo que el arte desempeña un papel fundamental porque nos permite recordar, hacer memoria y volver sobre nosotros mismos. En un mundo  hiperconectado y mediado por la tecnología, donde el capitalismo ha profundizado las lógicas de consumo, productividad e inmediatez, el arte abre un espacio para la contemplación, la reflexión y la experiencia sensible. Frente a ese escenario, nos invita a detenernos, a cuestionar aquello que hemos normalizado y a preguntarnos cuál es nuestra relación con los otros, con el territorio y con todas las formas de vida.

Frente a la crisis ecológica que vivimos —marcada por el extractivismo, la devastación de los ecosistemas, la explotación indiscriminada de los recursos naturales, el maltrato animal y modelos de producción que privilegian el consumo por sobre el cuidado de la vida—, el arte no ofrece soluciones inmediatas ni puede transformar por sí solo las políticas que sostienen esos sistemas. Pero sí tiene la capacidad de modificar nuestra sensibilidad y nuestra manera de habitar el mundo. Puede hacer visibles conflictos que muchas veces permanecen ocultos, activar la memoria de los territorios y despertar nuevas formas de empatía y responsabilidad hacia el entorno y hacia todas las formas de vida.

Pienso también que, en un momento marcado por el desarrollo de la inteligencia artificial y por una creciente automatización de muchos procesos, el arte adquiere una relevancia aún mayor, especialmente en el ámbito educativo. La práctica artística fomenta capacidades profundamente humanas como la imaginación, el pensamiento crítico, la sensibilidad, la creación y el hacer con las manos. Son experiencias que no pueden reducirse únicamente a la eficiencia o al procesamiento de información, porque implican una relación corporal, afectiva y ética con el mundo.

Tengo la convicción de que el arte es también un espacio de reparación y de sanación. Aunque probablemente no cambie el mundo de manera inmediata, sí puede transformar nuestra forma de habitarlo. Puede abrir nuevas maneras de imaginar el presente, cuestionar aquello que damos por evidente y ayudarnos a reconocernos, individual y colectivamente, como si nos miráramos en un espejo. Desde ahí, creo que también es posible comenzar a construir otras formas de relación con el territorio y con la vida.

 

Mirando tu trayectoria desde una perspectiva más amplia, pareciera existir una preocupación constante por aquello que desaparece, se transforma o queda fuera de los relatos oficiales. ¿Qué preguntas continúan movilizando tu trabajo hoy y hacia dónde sientes que se dirige tu investigación artística en los próximos años?

Hay preguntas que se repiten constantemente en mi escritura y que, de alguna manera, atraviesan casi toda mi obra y tienen que ver con ese misterio que existe en el umbral entre la vida y la muerte, con ese instante en que un cuerpo muere y, sin embargo, continúa habitando la memoria.

Desde ahí han surgido distintas líneas de investigación que se acercan a un territorio más metafísico y poético. No busco encontrar respuestas definitivas, sino abrir preguntas y construir un espacio de contemplación donde aquello que no podemos comprender del todo pueda ser pensado desde la imagen, el cuerpo y la poesía.

Recuerdo una pregunta de Christian Boltanski que leí hace algunos años y que impactó también en mi obra: "¿Por qué una persona que es importante puede desaparecer?" Sentí que esa pregunta nombraba algo que yo venía intentando comprender desde hacía mucho tiempo. Desde entonces, he entendido que mi trabajo no busca responderla, sino permanecer en ese lugar de incertidumbre que ella abre.

Me interesa trabajar precisamente con aquello que no puede verse, que nos parece incomprensible y que permanece en una capa más oculta de la realidad,  las ausencias, las huellas, los procesos de transformación y los afectos que permanecen inscritos en los cuerpos y en los territorios. Más que representar esos fenómenos de manera literal, intento construir imágenes que los sugieran y permitan completar ese espacio desde la experiencia. Creo que el arte tiene la capacidad de hacer visible aquello que permanece oculto, no porque lo muestre explícitamente, sino porque genera las condiciones para percibirlo, de recrear una dimensión espiritual.

Mirando hacia los próximos años, siento que mi investigación continuará profundizando en esas mismas preguntas, pero cada vez con un mayor interés por los vínculos entre memoria, paisaje, y espiritualidad. Me interesa seguir explorando la relación entre el cuerpo humano y los territorios que habitamos, entendiendo ambos como espacios donde se inscriben las huellas del tiempo, de la violencia, de la transformación, pero también de la posibilidad de reparación por medio del arte. 

 

Gabriela, tu obra nos invita a observar con atención aquello que muchas veces permanece oculto bajo las capas del paisaje y de la historia. A través de una práctica que vincula investigación, sensibilidad y reflexión crítica, has contribuido a expandir las formas en que el arte contemporáneo dialoga con el territorio y la memoria. Muchas gracias por compartir esta conversación con Revista Suyai TV y por seguir abriendo espacios para pensar nuestra relación con el mundo que habitamos.

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