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Crónica cultural:

Revista Suyai TV

Investigación y análisis en profundidad de un tema o suceso cultural, que aporta contexto, múltiples miradas y una comprensión crítica de su impacto.

 

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El Jardín de Alicia: reinventar el asombro desde el paisaje chileno

Una entrevista de: Suyai TV. 10/07/2026

Hay historias que, por la fuerza de sus imágenes, parecen condenadas a permanecer para siempre en un mismo lugar. Alicia en el País de las Maravillas es una de ellas. La niña que cae por una madriguera, atraviesa un territorio donde la lógica se desarma y descubre un mundo gobernado por lo absurdo forma parte del imaginario colectivo desde hace más de siglo y medio. Sin embargo, toda gran obra literaria permanece viva precisamente porque admite nuevas preguntas. ¿Qué ocurriría si Alicia no despertara en la Inglaterra victoriana imaginada por Lewis Carroll? ¿Qué pasaría si esa caída desembocara en otro territorio, otra geografía, otra forma de comprender la naturaleza y el cambio?

La artista visual Pamela Leichtle toma esa interrogante como punto de partida para construir El Jardín de Alicia, una serie de pinturas que desplaza el relato hacia Chile y lo transforma en una reflexión sobre la identidad, la biodiversidad y la experiencia contemporánea de habitar un mundo en permanente transformación.

La propuesta no consiste en ilustrar un clásico de la literatura. Tampoco busca actualizarlo mediante referencias anecdóticas. Lo que la artista realiza es una operación mucho más profunda: toma un imaginario universal y lo hace dialogar con la memoria visual del territorio chileno, permitiendo que bosques húmedos, cordilleras, hongos, líquenes, insectos y especies nativas ocupen el lugar que antes pertenecía a jardines ingleses y criaturas fantásticas europeas.

El resultado es un universo pictórico donde la naturaleza deja de ser un telón de fondo para convertirse en el verdadero motor de la narración.

Desde las primeras obras queda claro que aquí la fantasía no surge como una evasión de la realidad. Por el contrario, emerge desde la observación atenta del entorno. La riqueza biológica del territorio chileno posee una capacidad de asombro suficiente para sostener un imaginario fantástico propio, sin necesidad de importar escenarios lejanos.

En El Jardín de Alicia, un hongo puede adquirir la misma potencia simbólica que cualquier criatura mitológica; un líquen puede convertirse en un paisaje completo; un insecto puede abrir la puerta hacia un universo donde las fronteras entre especies dejan de ser evidentes. La cordillera, los bosques australes y los organismos que habitan estos ecosistemas aparecen como protagonistas de una mitología contemporánea que encuentra en la pintura un espacio para desplegarse.

La serie propone una inversión significativa respecto al relato original. La caída ya no representa un accidente ni una pérdida del rumbo. Se transforma en el comienzo de una experiencia de aprendizaje. Caer significa cambiar de perspectiva. Significa aceptar que toda identidad se encuentra en movimiento.

En una época marcada por transformaciones aceleradas —tecnológicas, sociales, ambientales y culturales— Pamela Leichtle recupera a Alicia como una figura capaz de representar una inquietud profundamente contemporánea: aprender a convivir con la incertidumbre.

Ya no se trata de una niña curiosa enfrentándose a un mundo extraño. La artista imagina una Alicia adulta que, como cualquier persona hoy, debe adaptarse a escenarios cambiantes, abandonar certezas y reconstruirse una y otra vez.

En este sentido, la exposición no habla únicamente del personaje creado por Lewis Carroll. Habla de nosotros.

Habla de cómo habitamos un presente donde el cambio dejó de ser un acontecimiento excepcional para convertirse en la condición permanente de la existencia.

La propia génesis del proyecto refleja esa lógica de transformación continua.

La serie comenzó durante 2025 de una manera completamente intuitiva. No existía un guion previo ni una narrativa establecida. La primera pintura, El Descenso, surgió como una exploración pictórica sin la intención consciente de representar a Alicia.

Solo cuando la obra estuvo terminada apareció la revelación.

Aquella figura de cabello azul cayendo entre semillas, organismos híbridos y formas orgánicas parecía dirigirse hacia un mundo desconocido. Fue entonces cuando la artista comprendió que esa imagen contenía el germen de una historia mucho más amplia.

A diferencia de numerosos proyectos donde el concepto antecede a la realización material, en El Jardín de Alicia fue la pintura la que produjo el relato.

Las imágenes comenzaron a exigir nuevas imágenes.

Cada cuadro abría preguntas que solo podían responderse mediante otra pintura.

Así, lentamente, fue apareciendo un universo coherente donde cada obra mantiene autonomía, pero al mismo tiempo funciona como un fragmento de una narración mayor.

Ese proceso creativo resulta especialmente interesante porque evidencia una práctica artística basada en la escucha de la propia imagen. La artista no fuerza un significado sobre la pintura; permite que sea la pintura la que revele sentidos inesperados.

Existe aquí una confianza profunda en la capacidad del lenguaje visual para pensar antes que las palabras.

La materialidad del proyecto también participa de esa construcción narrativa.

Realizadas íntegramente en acrílico sobre tela, las obras desarrollan una pintura figurativa donde el color adquiere una función simbólica y emocional. Las composiciones combinan elementos perfectamente reconocibles de la biodiversidad chilena con criaturas imaginarias que parecen surgir de procesos evolutivos alternativos.

Jaibas que vuelan.

Organismos híbridos.

Semillas que parecen transformarse en constelaciones.

Vegetaciones imposibles.

Hongos que adquieren presencia monumental.

Todo convive dentro de un mismo espacio pictórico sin necesidad de explicar sus reglas.

La lógica pertenece al propio jardín.

En este sentido, la influencia de Marc Chagall resulta evidente, no como una cita formal sino como una afinidad conceptual.

Al igual que el pintor ruso-francés, Pamela Leichtle construye escenarios donde la gravedad pierde importancia y donde los cuerpos, las especies y los objetos parecen responder a leyes poéticas antes que físicas.

Pero junto a esa referencia aparece otra igualmente importante: la observación directa de la naturaleza chilena.

La ilustración botánica, los recorridos por bosques del sur y el estudio de especies nativas constituyen una fuente constante de imágenes.

No se trata de reproducir científicamente la flora y la fauna, sino de comprender sus formas, ritmos y relaciones para incorporarlas a un universo donde la imaginación continúa siendo el principal método de conocimiento.

Quizá uno de los aspectos más sugerentes de la exposición sea precisamente esa convivencia entre observación rigurosa e invención.

Las criaturas fantásticas nunca parecen arbitrarias.

Surgen como extensiones posibles de organismos reales.

El jardín imaginado por la artista no contradice la naturaleza; amplifica sus posibilidades.

Esa operación transforma la biodiversidad chilena en una fuente inagotable de relatos.

Muchas veces la fantasía ha sido asociada a escenarios remotos, castillos medievales o bosques europeos.

El Jardín de Alicia propone exactamente lo contrario.

El territorio que habitamos también puede contener lo extraordinario.

Solo es necesario aprender a mirarlo nuevamente.

Ese cambio de mirada constituye probablemente el núcleo político y poético del proyecto.

En tiempos donde la crisis ambiental obliga a replantear la relación entre las personas y su entorno, Pamela Leichtle propone abandonar la idea de naturaleza como recurso o paisaje decorativo.

Aquí la naturaleza posee agencia.

Transforma.

Interroga.

Conduce la experiencia.

Los seres humanos dejan de ocupar el centro del relato para integrarse a un sistema donde toda forma de vida participa de un mismo proceso de cambio.

Esta perspectiva atraviesa también la declaración de la artista.

Para ella, la transformación nunca aparece asociada a la pérdida, sino a la posibilidad de crecimiento.

Habitar la incertidumbre no implica resignación.

Significa aceptar que la vida, al igual que los ecosistemas, existe gracias a su capacidad de adaptarse continuamente.

Desde esa perspectiva, Alicia deja de ser únicamente un personaje literario.

Se convierte en una metáfora de nuestra época.

Cada uno de nosotros enfrenta, de distintas maneras, su propia caída hacia territorios desconocidos.

Cada uno debe aprender nuevas formas de relacionarse con el mundo.

En ese tránsito, la naturaleza ofrece una enseñanza silenciosa.

Nada permanece inmóvil.

Todo cambia.

Todo muta.

Todo encuentra nuevas formas de existir.

Dentro de la trayectoria de Pamela Leichtle, esta exposición marca además un momento decisivo.

Aunque anteriormente había trabajado con dibujo y collage, El Jardín de Alicia constituye su primera investigación desarrollada principalmente desde la pintura.

No representa un abandono de los lenguajes anteriores, sino la consolidación de una manera distinta de construir relatos visuales.

Cada obra funciona como un capítulo autónomo, mientras el conjunto despliega una narrativa abierta que la artista proyecta continuar desarrollando en futuras investigaciones.

Más que una serie cerrada, el jardín aparece como un territorio en expansión.

Quizá por eso el visitante no encontrará una historia lineal ni un recorrido con respuestas predeterminadas.

Cada pintura propone un umbral.

Cada escena abre una posibilidad distinta.

Cada organismo parece sugerir que existen otras formas de comprender el vínculo entre imaginación, memoria y territorio.

Al finalizar el recorrido, la pregunta inicial permanece vigente.

¿Qué ocurriría si Alicia cayera en Chile?

La respuesta nunca aparece de manera definitiva.

Está dispersa entre líquenes, insectos, montañas, hongos, semillas y criaturas imposibles que, sin embargo, parecen pertenecer naturalmente al paisaje.

Tal vez ese sea el mayor logro de El Jardín de Alicia: recordarnos que el asombro no necesita inventar mundos lejanos cuando el territorio que habitamos aún guarda innumerables formas de misterio.

La invitación es a detener la mirada, recorrer lentamente cada pintura y permitir que el paisaje cotidiano revele aquello que suele permanecer oculto. Porque quizás la verdadera madriguera no conduzca hacia otro país imaginario, sino hacia una forma distinta de mirar el lugar que habitamos.

El Jardín de Alicia, de Pamela Leichtle, será inaugurada el sábado 11 de julio de 2026, a las 16:00 horas, en la Casa de la Cultura Anáhuac, donde permanecerá abierta hasta el 30 de agosto de 2026.

La entrada es gratuita.

Horarios de visita

• Martes a jueves: 09:00 a 16:00 horas.
• Viernes: 09:00 a 15:00 horas.
• Sábados, domingos y festivos: 13:30 a 18:00 horas.

Este reportaje se publica como un aporte al debate y el intercambio democratico de ideas.
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