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La política de lo efímero

Artista
Leonsky (Leonardo Salazar) 🇨🇱

Curatoría
Esteban Córdova,  Manuel Díaz Glaves (Chile)

Los despojos del mundo, cartografía de la herida y la resistencia.

Para quien indaga por el universo de la obra de Leonsky, la experiencia inicial no es la del encuentro con una obra pulcra y estática, sino la de una colisión frontal con los escombros de nuestro tiempo. Pensemos en un cuerpo que carga sobre sus hombros el desecho digital de una época, rostros sepultados bajo montones de boletas, fragmentos de una bandera rota sobre el pavimento frío o una lengua que, roza la aldaba de una puerta institucional. Lo que aquí se despliega es el rastro de una memoria herida, el pulso urgente de un arte que rechaza la comodidad del escaparate para arrojarse a la intemperie y que para interpretar hay mucho.

Desde la trinchera periférica de una modernidad acelerada, el artista levanta lo que denomina una “pregunta carnalizada”. En esta poética de la intemperie, hay una profunda melancolía, la constatación silenciosa de un futuro que parece estar permanentemente en disputa, de promesas devoradas bajo el peso aplastante de los tótems corporativos y los signos hegemónicos del capital global “de las marcas de consumo masivo a las placas de circuitos y las monedas estériles”.

Este pulso crítico hunde sus raíces más profundas en la genealogía del arte de acción latinoamericano, un territorio donde históricamente la precariedad institucional y la vulnerabilidad social no han hecho más que potenciar la urgencia de la denuncia. Para Leonsky, el cuerpo no es un soporte neutral, sino una superficie de inscripción política y una figura de lenguaje en sintonía con las lecturas críticas de Nelly Richard capaz de alterar los sistemas de representación oficiales. En esa carne expuesta a la contingencia del aquí y el ahora, el “yo” se fragmenta en una multiplicidad de voces, afectos y memorias que desestabilizan cualquier identidad unificada.

Sin embargo, esa melancolía nunca se abisma en la resignación; por el contrario, se incendia en una lúcida rabia contra los poderes hegemónicos. Frente a la violencia sistemática que organiza lo visible y lo decible, el artista moviliza un carnaval popular de los desposeídos. Mediante la ironía, el humor ácido y la parodia, el artista subvierte los símbolos de dominación, transformando el descontento en una estrategia simbólica. No busca adoctrinar desde las alturas académicas, sino encarnar la furia y la ternura del ciudadano común que resiste.

Frente a las lógicas del mercado cultural contemporáneo que premia la estabilidad, el objeto tangible y la mercancía coleccionable, la práctica que se observa reivindica la política radical de lo efímero. El performer expone procesos abiertos, vulnerables a la fatiga, al error y al desgaste, negándose a ser domesticado por los circuitos tradicionales de validación y encontrando en la indiferencia institucional una extraña libertad periférica.

Navegar por estos registros es aceptar una invitación tan incitante como imperativa. Es mirar el reverso oscuro de nuestro orden simbólico para comprender que, frente a la fría permanencia de los monumentos del poder, la verdadera resistencia artística late siempre en la fugacidad indomable de un cuerpo que decide ponerse en pie, arder, cuestionar las cosas y decir aquí estamos.

Manuel Díaz Glaves 2026